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martes, 3 de mayo de 2011

El final de un mito, el principio de otro

El final de un mito, el principio de otro



Resultó que no vivía en una cueva, sino en una mansión valorada en un millón de dólares en Abbotabad, una de las áreas metropolitanas próximas a Islamabad. El mito del líder de Al Qaeda,Osama bin Laden, el enemigo público número uno a nivel mundial tras el 11-S, se desmoronó esta madrugada al conocerse la noticia de su muerte, presuntamente junto a uno de sus hijos, en una operación norteamericana en la que se emplearon helicópteros y participaron 20 miembros de las fuerzas especiales SEAL.
Le mataron de un disparo en la cabeza tras combatir con un servicio de seguridad que aparentemente logró abatir una de las naves norteamericanas, lo que lleva a pensar en una dura batalla y en que las órdenes consistían más en una ejecución que un intento de detención. O quizás en no perder el tiempo intentando un arresto si el sujeto ofrecía resistencia.
Los uniformados norteamericanos recuperaron el cadáver como prueba irrefutable de la “victoria de la Justicia”, como lo calificó el presidente norteamericano, y prometen tratar el cuerpo según la tradición islámica. Es el final del hombre que osó atacar a Estados Unidos en su propio territorio durante el espeluznante 11-S, el atentado que cambió para siempre el mundo y el incidente utilizado por los gobiernos occidentales para recortar las libertades civiles en nombre de la Seguridad.
Nació en Arabia Saudí, cuna del Islam wahabí -la tendencia más radical del Islam suní- en 1957, hijo de una de las esposas del constructor Mohamed bin Laden -él fue uno de sus 52 vástagos-, y todo parecía indicar que seguiría los pasos profesionales de su padre, responsable del 80% de la infraestructura saudí y uno de los hombres más ricos del Golfo. Tras estudiar Ingeniería Civil en Yeddah (Arabia Saudí) y pese a haber viajado -y disfrutado- por Estados Unidos y Europa, Osama comenzó a ahondar en los preceptos religiosos y a radicalizar su pensamiento contra Occidente, cuya decadencia consideraba el origen de los males del mundo.
Con la invasión soviética de Afganistán encontró la excusa para implicarse personalmente en la lucha contra esa perversión laica y pecaminosa: acudió a la república asiática para combatir y organizar a otros muyahidin -combatientes islámicos- que terminarían siendo financiados indirectamente por la CIA mediante los servicios secretos paquistaníes, que nunca abandonaron a Bin Laden. La victoria de los combatientes de Alá contra los soviéticos sólo le reafirmaría en sus convicciones y en una lucha que pronto se extendería a su otra gran bestia negra: Estados Unidos, la blasfema potencia que atacó a Irak en 1991 y osaba mantener bases militares en Arabia Saudí, tierra sagrada del Islam, con la connivencia de las autoridades locales.
Los atentados contra el World Trade Center (1993), las Embajadas norteamericanas en Kenia y Tanzania (1998, con 224 muertos, la mayoría locales) y el ataque contra el formidable navío de guerra USS Cole en octubre de 2000 en aguas yemeníes (17 muertos) dieron un índice de lo que se avecinaba: el 11-S, el 11-M, los atentados e intentos de atentado que han sacudido el mundo en la última década y cuyas. Su santuario fue Afganistán, donde sus aliados talibán le ofrecieron protección y se beneficiaron de su red de militantes y de la atracción que generó entre los yihadistas de todo el mundo, que viajaban a sus campos de entrenamiento para consumarse como candidatos a mártir en la guerra santa declarada por el saudí.
Su muerte pone fin a varios mitos. Para Occidente, era el cerebro de la amenaza islamista internacional, el hombre tras cada atentado o intento de atentado que un yihadista cometía a lo largo y ancho del mundo. En Oriente, sin embargo, era considerado una mentira fabricada por Estados Unidos, un actor al servicio de la CIA que servía para justificar la política exterior de Washington.
Probablemente no era ni una cosa ni otra sino un ideólogo que expandió la marca comercial Al Qaeda -el yihadismo extremista más cercano a la criminalidad común que a cualquier tipo de motivación religiosa- asimilada por miles de fanáticos de todo el planeta.
Porque, en realidad, los yihadistas internacionales se limitaban a adherirse a su causa y a usar la marca para favorecerse de la fuerza de ésta, lo que ha derivado en un universo Al Qaeda que ya tiene ramificaciones en medio mundo y que seguro deseará vengar la muerte de su ideólogo con algún golpe contra Occidente.

Casa de la ciudad paquistaní de Abbotabad donde, presuntamente, vivía Osama bin Laden, y en la que fue abatido ayer por fuerzas estadounidenses. / Iftikhar Tanoli (Efe)
Cuentan que Bin Laden construyó la casa en la que encontró su final hace cinco años: imposible comprender cómo nadie denunció que su vecino era el hombre más buscado del mundo, teniendo en cuenta que sobre su cabeza existía una recompensa de 50 millones de dólares. Probablemente vivía enclaustrado, bajo extremas medidas de seguridad, si bien en pleno centro del convulso Pakistán -refugio de extremismo gracias a la pobreza, a la corrupción de sus dirigentes y a su localización geográfica- y no en las regiones tribales fronterizas en las que se le situaba.
La operación pone así final a diez años de búsqueda. El fue la excusa por la que se invadió Afganistán -en una campaña militar sangrienta para la población afgana que ha terminado fortaleciendo a los talibán- y sus presuntos vínculos con Sadam Husein -casi imposibles- justificaron la ocupación militar de Irak de 2003, una operación que terminaría atrayendo a Al Qaeda y derivando en una guerra civil: cientos de miles de personas perecieron .


El faro de Oriente, de MÓNICA G. PRIETO

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